Él no había conocido un verdadero sueño tranquilo durante tanto tiempo que ya había perdido la noción de la diferencia entre el día y la noche, y sus ojos estaban constantemente enrojecidos por el agotamiento crónico y lágrimas no derramadas.

De hecho, su capacidad para cerrar los ojos y trasladarse al mundo de los sueños había desaparecido mucho antes, dejando en su alma solo un vacío pulsante y una sensación persistente de ansiedad.

Durante doce meses increíblemente largos y agobiantes, este hombre destrozado buscaba metódicamente cada calle, miraba con desesperada esperanza cada rostro desconocido en la calle y revisaba cada sombra oscura en los barrios periféricos. Su único hijo había desaparecido sin dejar rastro, como si se hubiera disuelto en el aire, dejando solo silencio y miles de preguntas sin respuesta que desgarraban el corazón del padre.
No había pistas materiales, no había testigos, y las autoridades investigadoras hacía tiempo que habían levantado las manos, incapaces de ofrecer explicaciones lógicas o nuevas direcciones para buscar.
En esa mañana gris y fría, sus pasos lo llevaron a una parte remota de la ciudad, un lugar que la mayoría de la gente evitaba conscientemente para no perturbar su propia paz interior.
Alrededor solo había viejos muros derruidos, las aceras estaban completamente destrozadas por el tiempo, y en las calles se sentía el pesado aliento de vidas que la sociedad había dejado en total olvido.