

La actriz estaba inmóvil en medio de la alfombra roja. Momentos antes, todos la miraban como a un ícono. Una mujer en un vestido valioso, con un peinado perfecto, rodeada de cámaras y luces. Ahora, sin embargo, no parecía una estrella. Parecía alguien al que de repente le habían quitado el aire. La niña estaba a unos pasos de ella, aún aferrada a una muñeca vieja. El guardia intentó alejarla nuevamente detrás de la cuerda, pero la actriz levantó la mano. — No la toques. Su voz era suave, pero esta vez nadie se atrevió a ignorarla. Los reporteros guardaron silencio. Los fotógrafos bajaron sus cámaras. En la alfombra roja, donde cada segundo solía estar planeado, sucedió algo que nadie podía controlar. La actriz se acercó lentamente a la niña. — ¿Cómo te llamas? — preguntó. La pequeña tragó saliva. — Sofía. La actriz cerró los ojos. Ese nombre la golpeó más que la vista de la pulsera. Sofía. El nombre que ella misma había elegido muchos años atrás. El nombre que escribió en el formulario del hospital con una mano temblorosa, antes de que le dijeran que el niño ya no estaba. — ¿Quién te trajo aquí? — preguntó. La niña miró hacia atrás. Detrás de la multitud, en la entrada lateral, estaba una mujer mayor con un abrigo sencillo. No parecía un invitado de la gala. No tenía invitación, ni joyas, ni la sonrisa de alguien que quisiera estar frente a las cámaras. Parecía asustada. La actriz la reconoció de inmediato. — ¿Marta…? La mujer bajó la mirada. Marta había sido enfermera en la clínica privada donde la actriz dio a luz como una joven desconocida. Aquella noche hubo muchos susurros, firmas y gente que repetía que