Ella encontró en un contenedor de basura a su madre, a quien había llorado durante diez años

Ella encontró en un contenedor de basura a su madre, a quien había llorado durante diez años. Sus brazos delgados, cubiertos por un suéter estirado, apretaban con fuerza una bolsa negra; sus ojos corrían nerviosos, como los de un animal asustado, y en su cuello colgaba un colgante infantil en forma de pequeño corazón, idéntico al que tenía ella.

Lina salió del supermercado con bolsas pesadas y la acostumbrada fatiga en sus hombros. La tarde era luminosa y soleada, y la gente se apresuraba a atender sus asuntos. Frente a los contenedores de basura, como siempre, hurgaba un vagabundo. Lina iba a pasar de largo, si no fuera por esa sensación repentina, como si el tiempo se hubiera frenado. La mujer junto al contenedor giró la cabeza de tal manera que la luz se posó en su rostro, resaltando el familiar contorno de los pómulos y su fina nariz. Lina se quedó paralizada.

Un punzante dolor le atravesó el pecho: así se imaginaba a su madre, si esta hubiese vivido hasta los treinta años. En las viejas fotos, su madre siempre sonreía, joven, cuidada, con ojos brillantes. Pero aquella mujer junto al contenedor ya había sido desgarrada por la vida: cabello gris, profundas arrugas, dedos temblorosos. Sin embargo… algo no la dejaba ir.

— Disculpe… — salió de los labios de Lina— ¿Puedo… ayudarle?

La mujer se estremeció como si la hubieran golpeado. Lentamente se giró, cubriendo la bolsa como si alguien intentara arrebatársela.

— No toques — dijo con voz ronca — Es mío. A nadie se lo doy…

Lina reconoció ese tono — ronco, de anciana — pero en esa orden de “no toques” había algo tan dolorosamente familiar que sus piernas flaquearon. Así hablaba su madre cuando alguien se acercaba a su taza favorita o a uno de los juguetes de Lina: suave pero firme.

? NO VOY A QUITÁRTELO — SUSURRÓ LINA — SÓLO…

— No voy a quitártelo — susurró Lina — Sólo…

Su mirada cayó sobre el cordón en el cuello de la mujer. Un pequeño corazón metálico, rayado, oscurecido pero con ese diminuto desconchón a un lado. Automáticamente, Lina se llevó la mano al pecho: debajo de su blusa, en su propio cuello colgaba un corazón igual, delicado, un poco más brillante. Su madre se los había regalado en su sexto cumpleaños: “Uno para mí, otro para ti. Para que siempre nos encontremos”.

El mundo pareció desaparecer. El ruido de los coches, las voces, la luz del sol se hicieron sordos. Sólo quedaba esa mujer y un frío miedo, como aquel día cuando la policía llamó para decirle que su madre había muerto en un accidente. Sin embargo, nunca encontraron el cuerpo. Entonces todos decían: “Entonces se quemó, pasa”. Lina lloraba noches enteras, apretando su corazón y susurrando al vacío: “Mamá, vuelve”.

— ¿De dónde tienes eso? — la voz de Lina se quebró. Señaló el colgante.

La mujer apretó el corazón contra su pecho como para protegerlo.

— Un regalo — respondió con brevedad — Viejo. Mío.

— ¿Quién te lo dio? — Lina se acercó un poco — ¿Cómo… cómo te llamas?

La indigente retrocedió, tropezó con el borde del cordón y casi se cae. Su barbilla tembló.

? NO LO RECUERDO — EXHALÓ — NO RECUERDO NADA… YO… YO…

— No lo recuerdo — exhaló — No recuerdo nada… Yo… yo…

Parpadeó y en sus ojos hubo un destello de vida, de claridad momentánea. Lina vio en esa mirada a la mujer de las fotos: joven, segura, sonriente.

— Espera — dijo Lina suavemente, sintiendo cómo algo ardía en su interior — Mírame… bien.

Se quitó su corazón del cuello. El metal brilló bajo el sol. Dos mitades de un todo. Lina lo acercó junto al colgante de la mujer. Arrugas, rasguños, forma — todo coincidía.

— ¿Mamá? — la palabra salió ahogada, casi sin sonido.

La mujer al principio sólo la miró. Luego, entre sollozos, presionó ambos colgantes contra sus labios y gimió de un modo que erizó la piel de los transeúntes.

— Li…na… — exhaló, como desde un fondo profundo — Lina… mi niña…

LINA NO RECUERDA CÓMO CAYÓ ARRODILLADA EN LA TIERRA POLVORIENTA NI CÓMO ABRAZÓ ESE CUERPO DELGADO Y TEMBLOROSO, QUE OLÍA A BASURA Y A CALLE.

Lina no recuerda cómo cayó arrodillada en la tierra polvorienta ni cómo abrazó ese cuerpo delgado y tembloroso, que olía a basura y a calle. No le importó que la gente volteara, que algunos grabaran en el teléfono, que otros susurraran: “¿Se han vuelto locas?”. En sus manos tenía a su madre, a quien había enterrado en su corazón hace diez años.

— ¿Dónde estuviste? — lloraba desconsoladamente — ¿Por qué no regresaste? ¿Por qué me dijeron que habías muerto?

La mujer, aún aferrada a los colgantes, intentó armar sus pensamientos. En sus ojos chispeaban y desaparecían fragmentos de memoria.

— Accidente… luz… grito… después hospital… — las palabras salían entrecortadas — Dijeron: no hay documentos, ni nombre… Yo… olvidé… todo. Sólo el corazón… aquí… — señaló el colgante — Sabía que había alguien ahí… mío. Pero quién — no recordaba…

Lina sintió que dentro de sí crecía una rabia insoportable: contra los médicos, el sistema, contra todos los que hace diez años marcaron la casilla de “sin nombre”. Y contra ella misma, por haberse rendido y creído ese papel de muerte.

— Vámonos a casa — dijo con determinación mientras se levantaba y ayudaba a su madre a ponerse de pie — No eres basura. No estás sin nombre. Eres mi mamá.

Su madre temblaba, apoyada en su brazo, como si temiera que la tierra debajo se disolviera. Se detuvo un instante y miró el contenedor, su vieja bolsa.

— ¿Puedo… tomar esto? — preguntó con culpa — Ahí… hay pan…

LINA APRETÓ LOS DIENTES PARA NO ROMPER A LLORAR DE NUEVO.

Lina apretó los dientes para no romper a llorar de nuevo.

— Tendrás mucho pan — respondió en voz baja — Y una cama limpia. Y té caliente. Y un médico que recordará tu nombre.

El camino a casa se sintió eterno. Su madre miraba atrás, como un animal recién liberado de una trampa. En el ascensor se encogió de miedo, abrazándose el corazón, pero al entrar en el apartamento quedó quieta.

En la pared colgaba una vieja foto: una mujer joven abrazaba a una niña, ambas reían abiertamente. Su madre se acercó lentamente y tocó el vidrio con los dedos.

— ¿Es… yo? — susurró.

— Somos nosotras — respondió Lina, colocando su mano sobre la mejilla de ella — Y ahora estamos juntas de nuevo.

Los recuerdos regresaban a su madre lentamente, en fragmentos. Las primeras semanas fueron duras: médicos, documentos, diagnóstico de “amnnesia parcial”, lágrimas y risas cuando recordaba que Lina temía la aspiradora de niña, y luego se perdía por las tres habitaciones.

A veces, en la noche, su madre despertaba cubierta de sudor frío y susurraba:

? ME VAN A TIRAR OTRA VEZ…

— Me van a tirar otra vez…

Cada vez Lina encendía la luz, se sentaba a su lado y apoyaba su mano sobre el corazón de ella, justo donde bajo la piel reposaba el cálido círculo de la pequeña mitad metálica del corazón.

— Nadie más te va a tirar — le decía — Nos hemos encontrado. Aunque fuera en un contenedor de basura, aunque hayan pasado diez años. Ya nadie podrá separarnos.

Y su madre se dormía, apretando entre los dedos su viejo corazón, el único hilo que la había salvado de perderse para siempre en este mundo.

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